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Drifters – «Indigno de ser humano»

Drifters plantea un universo conocido, un planteamiento que ya se ha explorado antes y que se ha hecho de multitud de formas. Está el reciente Gate: Jieitai Kanochi nite, Kaku Tatakaeri o la saga Fate sin ir más lejos. Sin embargo, y por extraño que pueda sonar, me cuesta menos relacionar a Drifters con esos títulos basados en MMORPGs, donde los personajes son arrastrados a un mundo completamente nuevo y el choque que se produce entre sus diferentes personajes se convierte en el gimmick principal de la serie.

Si esto es así es porque creo que Drifters hace algo muy similar, pero juega otras cartas para que el resultado se convierta en algo totalmente inesperado. Pone en juego a Oda Nobunaga, a Nasu no Yoichi y a Toyohisa Shimazu, tres personajes históricos del Japón feudal, pero mantiene sus recuerdos, sus espíritus y el peso de sus hazañas sobre sus hombros. Y no hablamos de personajes pequeños, si no de uno de los unificadores de Japón y mayores estrategas de su historia, el «Rey demonio del sexto cielo»;  uno de los arqueros más feroces de las Guerras Genpei y uno de los generales que se enfrentó a los Tokugawa en la Batalla de Sekigahara. Estamos hablando, insisto, de reunir a tres grandes Daimyō del Japón feudal en un solo frente. Es una combinación demoledora, como la propia obra muestra.

NobunagaDrifters

Pero Kōta Hirano (con el debido respeto a Kenichi Suzuki, director de la animación) no se conforma con esto y añade una serie de contrastes. Tenemos a los Offscourings, grandes personalidades históricas con un enorme resentimiento hacia la humanidad como Juana de Arco —acompañada, como no, de un magníficamente interpretado Guilles de Rais—, Rasputin o el vice-comandante del Shinsengumi de Kondō, Hijikata Toshizō, que sirve las veces de contrapunto sobre Toyohisa, al que odia profundamente por pertenecer al clan Shimazu — quienes formaron parte de las bases de la Restauración Meiji y su posterior muerte. También está la fugaz aparición de Adolf Hitler, que aparece en el nuevo mundo para imponer sus ideales y fundar el Imperio de Orte, quienes más tarde se alzarían para esclavizar a todas las razas no humanas.

Y aquí es donde entra en juego la crítica, una de tonos fríos que se atreve con la sátira y el humor negro pero que demuestra, entre líneas, el papel destructor que tiene el ser humano sobre la faz de la tierra. No solo sobre nuestro mundo, sino sobre cualquiera al que pueda acceder. Es algo que Gate escenificaba al introducir a las Fuerzas de Autodefensa japonesas en un mundo fantástico con tintes medievales, mostrando como los dragones caían ante los helicópteros o cientos de caballeros podían ser arrasados por la artillería nipona. Pero Drifters va más allá. No solo se atreve con el racismo más extremo —fomentado por la ideología supremacista de la Segunda Guerra Mundial— sino que además introduce a un personaje como el “Black King”, uno que desea erradicar a la humanidad, no por ambición ni deseos de poder, sino por la traición que sufrió. Al igual que en el ejemplo anterior, en Drifters se utiliza al actor externo como un guía, incluso como profeta, pero esta vez los tintes apuntan antes al papel invasor que al diplomático.

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La llegada de los Drifters y Offscourings al nuevo mundo no lo cambia, lo destroza. Los humanos arrasan con todo lo que encuentran y lo utilizan como tablero de juego. El hecho de que el Black King y sus seguidores quieran destruir a la humanidad casi resulta como una meta crítica, dentro de la que realiza la propia obra, contra el paso de los hombres y su destrucción. Incluso la introducción de los Drifters llega acompañada de la corrupción. Son ellos los que enseñan a elfos y enanos a matar. Las tácticas de Nobunaga, como el contaminar pozos y flechas con materias fecales horrorizan a los primeros, pero siguen sus pasos e incluso acaban ejecutando al grupo de humanos que violan a sus mujeres e hijas, hecho que los incluye inevitablemente en la espiral de odio y muerte que sostiene las hostilidades entre razas.

Es algo que ocurre constantemente, con las horribles tácticas de guerra de Nobunaga, la sangre fría de Toyohisa (y su “honorable” tradición de hacerse con la cabeza de sus enemigos) junto a su falta de piedad; o momentos como ese en que los enanos se dan cuenta del poder destructivo que han creado fabricando las armas de fuego, que sirven para diezmar al ejército enemigo. Lo destacan también en las palabras de Olminu, que se horroriza al ver que sus poderes se utilizan para causar una masacre e incluso en esa cita de Toyohisa que afirma que «en el campo de batalla todo es válido». Ambos bandos se aprovechan de las razas nativas del nuevo mundo en un conflicto que no debería incluirles.

Es algo que recuerda a The Witcher, a como los humanos llegan y se hacen con todo, invadiendo y arrasando todo lo que tocan. Y es que al final, tanto unos como otros, luchan por unas creencias que consideran verdaderas pero que se sostienen sobre la muerte ajena y el dolor anónimo. Incluso aquellos que llegan para salvar el mundo resultan, citando a Osamu Dazai, indignos de ser humanos.

 

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